Ingéniatelas

¿No quieres ser ingeniero? Pues ingéniatelas, para eso te pagarán.

Eso me dijo un profesor tras quejarme en un examen de Arquitectura de Computadores porque una de las preguntas iba más allá de lo visto en clase.

Por poner un poco de contexto: era un problema de cálculo que hasta entonces habíamos hecho en clase sobre procesadores de un solo core, y en el examen la premisa eran varios cores en paralelo. No era nada imposible de calcular, pero por la presión del momento me vine abajo y acabé por suspender el examen. El cabreo que me pillé en ese momento por esa respuesta fue monumental. Primero porque creía que había sido injusto. Luego porque me di cuenta de que tenía razón. Me hizo pensar en el objetivo que perseguía en la universidad: ser ingeniero. Aprender a pensar, a resolver problemas reales, no a reproducir la misma solución una y otra vez.

Creo que en los tiempos que corren, este es uno de los mejores aprendizajes que he tenido. Porque aunque ya sabía que quería ser ingeniero, quizá no me había parado a pensar qué significaba eso.

La IA ha supuesto un cambio de paradigma en nuestra forma de trabajar. Y de ahí viene el miedo: si la IA programa, y tu trabajo era programar, el siguiente paso es evidente.

Sí, la IA se equivoca. Genera código que no funciona, se inventa APIs y a veces resuelve un problema que no era el tuyo. Todo eso es cierto y no pretendo negarlo. También es cierto que lo que antes llevaba días, hoy puede lleva minutos, y que eso no lo cambia el hecho de que tengamos que revisarlo.

Pero ahí está el error. Programar nunca fue el trabajo, sino la herramienta. El trabajo es entender un problema y decidir cómo se resuelve; escribirlo en un lenguaje que la máquina entienda era la parte que había que hacer para llegar hasta ahí.

Esa es, creo, la diferencia entre quien piensa como ingeniero y quien no: qué haces cuando te ponen delante una herramienta que no sabías que existía. Puedes ignorarla, o puedes empezar a encontrarle usos, sacarle provecho y conseguir que trabaje para ti.

Ingeniártelas, otra vez. Solo que ahora el problema es otro: si la IA hace gran parte de mi trabajo, ¿cómo me hago valer?

Sigo eligiendo qué problema merece resolverse y cuál no. Sigo traduciendo lo que alguien me pide a lo que en realidad necesita. Sigo decidiendo qué se queda fuera cuando no cabe todo. Y sigo firmando lo que ponemos en producción, porque eso no lo decide una IA.