El hombre gris
El concepto del "Hombre Gris" o Grayman es una estrategia para pasar desapercibido: mezclarse con el entorno de forma tan efectiva que uno deja de llamar la atención. Nada de destacar, nada de desentonar. La metáfora que mejor lo describe es esta:
Don't be a fly on the wall, be the wall.
Nació como una técnica de seguridad personal —tonos neutros, imitar a quien te rodea, no destacar entre la gente—, pero hoy tiene una traducción digital bastante más urgente.
¿Y por qué te cuento esto? A poco que sepas de mí, sabrás que soy en cierta manera un hombre gris, poco visible y discreto. Y estoy bien con ello, porque me encanta serlo. Es más, me preocupa bastante la sobreexposición a la que se somete voluntariamente la mayor parte de la gente, especialmente en redes sociales, y especialmente adolescentes y niños.
Recientemente Meta ha aceptado pagar 18.000 millones de dólares para cerrar el juicio por el daño causado a los menores en sus plataformas, explotando el lado más vulnerable de sus usuarios. Sin admitir ilegalidad alguna, a plazos de diez años y sin que las familias afectadas vean un dólar.
Todo esto no habría sido posible sin la sobreexposición de la que hablaba antes, por el ansia de volverse viral a toda costa, de obtener likes por seguir el último trend. Se ha asociado el éxito con ser viral y famoso durante un periodo de tiempo.
Como alguien que creció con el internet de los 90 y los 2000, mi concepto de internet es diametralmente opuesto: anonimato, confidencialidad y privacidad. Que no sepan nunca quién eres, ni para bien ni para mal. Sin fotos, solo avatares. Sin nombres, solo nicks. Gente como Phil Zimmermann, Aaron Swartz o los cypherpunks nos enseñaron que la privacidad no era tener algo que esconder, sino algo que defender.
Creo que por eso me cuesta mucho entender cómo hemos llegado al punto en el que unos padres permiten a sus hijos menores de edad exponerse a redes sociales mostrando su cara, conectando con desconocidos, chateando con ellos y exponiéndose a comentarios que pueden acabar destrozando su autoestima. Y no es solo en casa, es sistemático: guarderías, escuelas y clubes deportivos con cuentas de Instagram publicando fotos de menores, anuncios de la tele… Todo te anima a exponerte.
Yo tenía que convencer a mi madre de que nadie iba a saber quién era yo cuando navegaba por internet. Ahora son las propias escuelas las que deberían justificarse.
Gracias a toda esa sobreexposición, hoy rastrear a personas con este nivel de exposición mediante técnicas OSINT es casi trivial. Un handle de Instagram lleva al mismo handle en otras cinco plataformas, porque casi nadie se molesta en cambiarlo. Una de esas cuentas tiene el correo a medio tapar en la recuperación de contraseña: dos letras y un dominio bastan para confirmarlo. Con el correo llegas a las filtraciones donde aparece, y con la contraseña que reutilizó en 2019 llegas a todo lo demás. Y ni siquiera hemos salido de lo que la propia persona publicó voluntariamente.
Definitivamente creo que la cultura de la privacidad ha muerto, al menos tal y como yo la conocí. Que hagan falta los fiscales generales de casi todo un país y 18.000 millones para que una empresa cambie los ajustes por defecto de los menores dice justo eso: ya no la defendemos nosotros, la defienden los tribunales cuando el daño ya está hecho.
Yo mientras tanto intento seguir siendo el hombre gris que borra su nombre y su dirección de sus paquetes antes de tirarlos a la basura y tritura los papeles con datos personales.
Llámame loco. O precavido. O simplemente hombre gris.